jueves 21 de octubre de 2010

Al Lado del Camino


Lo primero que se le ocurre, después de colocar el seguro en la puerta, girando sigiloso sobre sus pasos silentes, es inspeccionar hasta el último rincón alrededor, en un rápido vistazo, sobre todo al techo, hasta asegurarse de que no hay cámara escondida.
“Mañana en la web y bueno… uno nunca sabe” –piensa.
Sabe que no tiene mucho tiempo; aun cuando ella no se lo ha advertido así, explícitamente; pero afuera hay dos tipos esperando su turno, con una expresión en el rostro semejante a la suya: inquieto novicio en este menester; evadiéndose uno a otro, sin tener idea de lo que les aguarda.
Ojalá que el volumen de la tele, en el living, fuese más alto; pero ni modo. “A lo que vine”, murmura para sí, dándose ánimos. Y aunque dure lo justo, la verdad se trata de disfrutarlo, tal y como ella le ha explicado, para que se relaje un poco.
Su terno está en el perchero, junto a la puerta. Precavido, balbuceante en algo intraducible, libera los últimos tres botones de su camisa para tener una mejor perspectiva. Baja el pantalón a medio muslo, pero éste se le escurre irremediable hasta los tobillos, quedando desnudas sus flácidas piernas. Se cohíbe al aparecer la parte superior de esos calcetines que por poco son tobilleras. El calzoncillo, que hace un año era blanco, cubriéndole una rodilla, la mitad de la otra.
Quiere morirse.
Gracias a la abstinencia que viene arrastrando hace cuatro días, reacciona, responde bien desde el principio; y eso que ella le aclaró, tajante, un tanto ofendida, que aquí no se acostumbran las revistas, mucho menos un video para inspirar al cliente.
Se le ocurre, a medio trance, que quizás la cámara puede estar escondida dentro del extractor de aire, al ras del techo, ahora que voltea hacia arriba, descansando su cadera en el lavamanos; pero esto lo desconcentra, cuando lo que necesita es…
Una sensación placentera comienza a transportarlo a un lugar sin lugar. El pequeño espejo, al lado de la corta toalla, rebota su propia imagen; digna de un magazine en la mejor sex-shop del centro; le ordena que apunte, si es que está preparado.
¡Perfecto! Tal y como ella se lo pidiese desde un principio, con su largo cabello recogido en la espalda; esa sobria personalidad que refleja, al menos, dos décadas de abnegada dedicación a su oficio; amable, a pesar de esa enorme arruga de neurosis en su boca; satisfecha, al desviar la vista, concentrada en lo suyo, para esbozarle una cordial sonrisa, al verlo que se acerca de nuevo.

No tiene idea si su grito –que tampoco recuerda si logró ahogar- le habrá gustado a la mujer. Total, en este negocio han de estar habituados a este pequeño detalle.
Su mano le temblaba cuando retiró el seguro de la puerta; encontrándose de frente con los dos hombres que lo observaban curiosos –desventaja de ser el primer cliente del día-. La televisión es un chiste de mal gusto, apenas en un murmullo por lo bajo. Farandulandia en pleno. La hora exacta que él observa, por casualidad, en la parte inferior de la pantalla.
Perfectamente vestido, tiene que controlarse para que el frasquito no vibre entre sus dedos.
-¿Recordó ver la hora? ¿Todo salió bien? –doble pregunta femenina que encuentra una sola respuesta perturbada:
-Eh… 8:48 –afirma él. Se obliga a despegar los ojos del matinal erótico de Televisión Nacional. Intuye que posee el monopolio de miradas a su espalda.
Por fin ella le recibe el frasquito, que parecía cascabel en su mano. Anota algo en él, solemne, ceremoniosa, a través de sus gafas de vieja. Levantándose por puro reflejo, menudita, camina con prisa hasta un refrigerador donde introduce eso, como quien saca un tomate. Cómplice la mirada medrosa de los otros dos, que aprovechan al máximo el matinal para intentar su personal trance.
-El resultado estará mañana –de regreso en su silla, esforzada en ser simpática, le informa a él-. Veamos… -echa un vistazo a la agenda, sentándose bien derecha, hasta que logra descifrar su propia letra- ¿Le parece bien su cita para el viernes?

Al salir de la clínica atina a encontrar las llaves de su modesto automóvil. Todo lo que desea es una Red-Bull; pero ya se le hizo tarde, debe regresar al trabajo. En el almuerzo se las arreglará como pueda.
Enfila hacia la avenida. Fito Páez lo acompaña en la radio.
“Algún día te contaré el bochorno que me has hecho pasar hoy… Ojalá no sea una premonición de lo que nos espera contigo; algo así como un pago de cuentas que tengo con tus abuelos… ¡Dale nomás m`hija! –el rostro se le ilumina- ya nos arreglaremos al lado del camino”.